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Emparedar al gordo

Somos globales para lo bueno y para lo malo. La globalización es una realidad que contiene mejoras, pero también ha acarreado graves problemas a nuestra sociedad. Entre ellos, un modelo de vida que trae consigo contrariedades como el sobrepeso y sus consecuencias negativas. En Canarias, el 44,2 por ciento de los menores de entre seis y nueve años padece sobrepeso u obesidad, según los datos del informe «Aladino 2014». Entre los adultos, la cifra es mayor: El último estudio del INE acerca de la cuestión, con datos de 2013, desvela que en las Islas unos 850.000 adultos tienen sobrepeso o sufren obesidad. Eso implica a más del 50 por ciento de los ciudadanos.

Nuestro estilo de vida lo ha ido variando todo. Poco a poco nuestras ciudades y pueblos se han ido transformando y se han quedado sin lugares donde hacer deporte; cada vez pasamos más tiempo sentados delante de una pantalla, nos invade la comida rápida y las nuevas tecnologías nos permiten no tener que salir de casa y por tanto ser menos sociales.

Frente a esta realidad, que no es exclusiva del Archipiélago, ha surgido al unísono una corriente de rechazo al gordo, que trata de, utilizando eufemismos como regordete, rollizo, corpulento, orondo o rechoncho, ocultar una realidad y maquillar ataques despiadados. Pero no todos las agresiones son iguales, unas más evidentes y otras soterradas.

En Reino Unido, su primer ministro David Cameron quiere eliminar las prestaciones sociales a los desempleados con problemas de obesidad que no cumplan el tratamiento médico para adelgazar; y en Puerto Rico, un senador promueve que se multe con 800 dólares a los padres de niños obesos y se les acuse además de maltrato si durante un período de tiempo los menores no muestran mejoras.

La «caza de brujas» está servida, además de «invisibilizar» ahora también se quiere «criminalizar» a los gordos, pero muy poco o nada se habla de que entre las múltiples razones del sobrepeso está la pobreza o que influye y mucho el nivel educativo en estas batallas. Y en estas, el ciudadano de a pie duda seriamente de si este repentino interés de la dirigencia política no esconde un temor porque esta situación que han promovido durante decenios ahora se les revierta convirtiéndose en una pesada carga financiera.

Quizá por este motivo, el económico, se ha instalado en nuestra cotidianeidad lo que algunos denominan como gordofobia. Las personas con sobrepeso son excluidas y ridiculizadas a diario. Se les mira por encima del hombro y de forma ciertamente despectiva. Comprar ropa en una tienda de moda o viajar en un «low cost» se convierten en tareas imposibles e impensables, pero también se les rechaza por enfermos o por torpes y vagos; se les dice que son y serán incapaces de ser felices.

Y no es fácil ir a contracorriente. No se trata de obligar a la gordura, sino de erradicar la culpabilidad o la estigmatización. Debemos resistir frente a todo aquello que nos mueva a odiar al otro o, incluso, a nosotros mismos. Hay que matar la culpa para asegurar que renazca el respeto y la dignificación de las personas.

Este artículo ha sido publicado en el Blogoferoz

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