ECONOMÍA, ELBLOGOFEROZ, OPINIÓN

Las deudas ahí siguen

Debemos menos, pero seguimos debiendo demasiado. Esa es la principal conclusión que podemos emitir tras conocer los datos de «deuda viva» de las corporaciones locales canarias hechos públicos por el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas recientemente y correspondientes al ejercicio 2014.

La reducción de deuda ha sido relativa, ya que en un año los ayuntamientos y cabildos de las Islas han pasado de deber 1.488 a 1.294 millones de euros, pero no todas las administraciones han obrado del mismo modo. Así, mientras unas han reducido sus compromisos otras las aumentaron de forma sensible.

En el ámbito de los cabildos, destaca la complicada situación de la Corporación tinerfeña, que aunque ha aminorado su deuda sigue copando el 53 por ciento de lo debido por todas estas instituciones. Esto quiere decir, nada más y nada menos, que la administración presidida por Carlos Alonso debe más que los otros seis cabildos juntos. Suma 265,7 millones de los 497,6 de deuda total de los cabildos.

Por su parte, los ayuntamientos tienen una deuda viva de 797 millones de euros, cifra nada desdeñable y que también se ha reducido en el último año. De los 88 municipios, sólo dieciocho tienen cuentas saneadas destacando la situación de San Bartolomé de Tirajana, ya que de este selecto grupo de quienes no deben un céntimo es el más poblado. En el lado opuesto, el Consistorio más empeñado es el de Telde con 114 millones de euros de deuda, lo que supone 1.119 euros por habitante; le siguen Las Palmas con 107 millones (282 euros por habitante); La Laguna con 97 millones (636 euros por habitante); y Santa Cruz de Tenerife con 87 millones (428 euros por habitante).

Este agreste mapa deja en el aire muchas preguntas acerca de la dirección que se ha estado llevando en nuestras administraciones y si el dinero público se ha invertido en lo importante o si por el contrario se ha dedicado a otros fines menos solidarios. Nos guste o no, la dura crisis económica que atravesamos está dejando sobre la mesa una serie de debates que han removido las bases de nuestro modelo social.

Sin saber muy bien cómo, el estado social, ese modelo que nos habíamos impuesto en Europa desde la segunda mitad del siglo pasado, está dando paso a otro esquema de relaciones ciudadanas. Hasta ahora eran escasas las voces que cuestionaban la viabilidad del sistema público sanitario o del educativo, pero esta «severísima travesía por el desierto» ha propiciado que los críticos al modelo hayan impuesto su doctrina y haya calado esa creencia de que, al final, el que quiera medicamentos o ir a la universidad «que se lo pague» como si la financiación de los servicios públicos hasta ahora hubiera sido por «ciencia infusa» y no por la contribución de todos.

En este trance ha aparecido el cuestionamiento acerca del gasto público y se ha recortado sensiblemente, dejando en la cuneta a los más débiles. Los primeros hachazos fueron a las partidas que las clases dirigentes denominaban eufemísticamente «gastos superfluos» sin que nadie les sacase los colores por haber estado gastando el dinero de todos en conceptos que «no eran necesarios» o «estaban de más» porque eso y no otra cosa significa superfluo. La segunda fase de recortes ha sido más desalmada, eliminando servicios asistenciales y reduciendo a la mínima expresión derechos, pero las deudas ahí siguen. Ahora habrá que ver qué nos espera.

Este artículo ha sido publicado en El Blogoferoz.

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Desempleo: cuando el reloj se detiene

En unos días volverán a conocerse los datos de desempleo correspondientes a la Encuesta de Población Activa (EPA) del segundo cuatrimestre del año. Volverán a analizarse los números, las cifras, los éxitos y también los fracasos. Cada parte hará sus valoraciones. Unos verán los vasos medio llenos y otros medio vacíos. Habrá tantas verdades como analistas. Y todos ellos querrán salir «airosos».

Por eso y aprovechando la oportunidad de pasar inadvertido que nos da el estío, he querido colarme en una reunión de desempleados de larga duración. La habitación es diáfana, sonríen -a pesar de todo- y el calor de la calle se cuela por las rendijas. He querido escucharles.

La primera en tomar la palabra es María, madre soltera. “Me avergüenza reconocer que no nombro a mi hijo en las entrevistas de trabajo. Siento una gran impotencia, pero es lo que hay”, suelta a bocajarro y el silencio se hace infinito. Después agacha la cabeza y Marta le responde que ella niega su edad. “No quieren a las mayores de cincuenta y también comemos”, confiesa. Apunta que en una ocasión le dijo a un responsable de selección que cuando llegue a su edad, que llegará, ojalá no se vea en su misma situación.

Sandra, también madre, les sigue. “Después de tanto tiempo, vivo asustada, con ansiedad ante la llamada. Temo al sufrimiento de un nuevo no. Es que creo que no voy a saber”, describe. Todos asienten y remata: “Me he ido como embruteciendo, aislándome de todos”. Tamara, una comercial en la cincuentena, le contesta: “Esto es muy duro y se pasa mucha vergüenza. A veces te sientes humillada”.

“Es que «esto» afecta a todo, a la familia, a las amistades. A todo”, zanja Ayoze, un treintañero que lo dejó todo por la construcción. Aún así quiere darle un giro a la conversación y mirar el presente con optimismo. “Hay que trabajar el triple para conseguir un empleo. De cien lugares donde dejas el currículum, te llaman de dos. Es como la lotería”, deja en el aire.

María vuelve a hablar: “Gracias al apoyo de mi niño para seguir adelante, pero sí, me he sentido muchas veces penalizada por ser madre”. “Pues yo antes ponía que era licenciada, pero ya sólo pongo que terminé BUP. Ni así me llaman para dependienta”, le explica Carmen. Marisol asiente identificada y pide ayuda para afrontar las entrevistas. “He ido a tres entrevistas, no sé si será poco, pero al final nunca me escogen”, dice resignada para añadir que teme estar haciendo algo mal. “Así es ahora, uno hace el trabajo de cuatro. Las empresas se aprovechan y no llaman a nadie”, cuestiona Ayoze…

Y si no pasa nada, el próximo jueves, volverán a dar los datos de la EPA. Y unos y otros hablarán «con demasiada alegría» de triunfos y de derrotas, pero María, Marta, Sandra, Tamara, Ayoze y Carmen tendrán que volver a levantarse de la cama, tras pasar la noche en vela; deberán mirar sus neveras vacías, sonreírle al cartero y hacer como si nada pasase. La vida sigue, aunque a ellos se les haya detenido el reloj.

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Muertos sin cementerio

La crisis ha multiplicado las dificultades para vivir de una forma decente en Canarias, pero también para morirse. Muchos temen hacer cuentas, pero los costes de los sepelios se convierten en una auténtica calamidad para las familias más necesitadas y la carestía de los seguros no ayuda en absoluto a aminorar esta situación. Pero todo se complica aún más cuando, por ejemplo, profesas una religión distinta a la mayoritaria.

La Comunidad Autónoma de Canarias oficialmente sólo cuenta con un cementerio musulmán, según los datos del «Estudio demográfico de la población musulmana» correspondiente a 2014 y elaborado por la Unión de Comunidades Islámicas de España. A este «almacabra» de Lanzarote se unen las parcelas cedidas en los cementerios de las dos capitales canarias.

Así al dolor por la pérdida de un familiar, se une la tragedia de no poder enterrarlo en las condiciones que marca su religión. Hasta ahora se había dado la figura de la repatriación, ya que la mayoría de los seguidores del Islam era de origen inmigrante, pero la situación ha variado y ya el 59 por ciento de los musulmanes residentes en Canarias son españoles. A este grave problema de la falta de cementerios se unen otros déficit, como el de maestros. Los 8.487 menores musulmanes que viven en el Archipiélago sólo cuentan con un profesor de religión.

Estos datos vienen a evidenciar que, aunque las Islas cuente con la sexta comunidad musulmana más importante de España, hemos vivido al margen de esta realidad y sus sensibilidades. Las gafas de la cotidianeidad nos han impedido ver cómo evolucionábamos. El día a día nos ha transformado y, sin darnos cuenta, nos hemos convertido en personas distintas, en una sociedad diferente.

La población islámica ha crecido el último año un 4,5 por ciento en el Archipiélago hasta alcanzar las 71.026 personas. Esta cifra es mayor, por ejemplo, que la suma de los habitantes de La Orotava y Puerto de la Cruz. La mayoría, casi 42.000, son españoles; 17.000 marroquíes, 3.000 de Senegal y 1.600 procedentes de Nigeria. Además, en las Islas hay 34 instituciones con fines religiosos islámicos, así como 31 comunidades conformadas.

Ante estos números, parece que los poderes públicos han pasado por alto eso de tener en cuenta las creencias religiosas de toda la sociedad. También su deber de mantener las consiguientes relaciones de cooperación con todas las confesiones. Se han olvidado de la libertad religiosa y del Estado laico, aunque hayan seguido yendo «religiosamente» a actos catolicísimos.

Pero quizá la clave de esta cuestión esté en que esta «ceguera» prolongada en el tiempo sólo lleve a un desconocimiento absoluto del otro y a los problemas que ello acarrea. Si no nos conocemos no podremos comprendernos ni respetarnos. Tampoco nos sorprenderían ciertas realidades más complejas. Si no nos comunicamos, no nos tratamos o no nos sentimos no podremos mejorar como sociedad.

Este artículo ha sido publicado en El Blogoferoz.

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