OPINIÓN, PERIODISMO

Los loros y el periodismo

La sala era inmensa. Había aire acondicionado y la luz era la justa. Los micrófonos estaban operativos –sin ellos y las cámaras, nada tenía sentido- y las limpiadoras daban sus últimos retoques al impoluto atril. La prensa aguardaba en silencio. A la hora fijada, hizo su aparición y comenzó a dar la lista de la compra. Sin demasiada convicción, sin detenerse en detalles, simplemente enumeraba asuntos. Durante el turno de preguntas, su monocorde tono se repitió hasta que dijo lo que dijo. Como si no rompiera ningún plato, expuso lo que todos querían escuchar. Sus palabras abrieron informativos en radios y televisiones. También fueron portada de los periódicos al día siguiente. Las reacciones llenaron las tertulias durante casi una semana. Justo cuando dijo lo que dijo, «los periodistas se frotaron las manos». Tenían justo lo que querían. Pero la tormenta amainó a los cuatro días. El revuelo duró hasta que en otra sala parecida a aquella inmensa, iluminada y acondicionada, otro dijo algo parecido que hizo olvidar lo anterior. Nadie se detuvo a comprobar si las primeras declaraciones tenían fundamento, ni tampoco las segundas o las terceras. «No hubo reflexión, ni análisis. No hubo nada, solo loros que repetían a todas horas lo mismo». Les daba igual que se tratara de patrañas. Después, aparecieron los buenos y los malos, los que apostaban por uno o por el otro porque lo que estaba claro es que en aquella tierra había que posicionarse. «En esta vida, o dejas que te arrastre la corriente o dejas estar». Es así de fácil, si te sales del tiesto comienzan las llamadas amenazantes, las recomendaciones «amistosas» o las tijeras. Después llega la calle y las puertas comienzan a cerrarse. Todo sigue un orden natural, ese que le dicta a tu instinto que por ahí no, que vas mal y que lo que puede suceder si lo intentas es la expulsión del sistema, la defenestración. El miedo está instalado en tu garganta y no recuerdas cómo es vivir sin él. Las preguntas dejan de brotar y agachas la cabeza. Es ahí cuando solo importa lo que ha dicho pepito y lo que le ha respondido juanito. Nada más. Y sí, el periodismo está muerto.

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