OPINIÓN, PERIODISMO, POLÍTICA

La fiebre de las reacciones

Alguien debería explicar algún día por qué razón los dirigentes elegidos democráticamente para dirigir una determinada administración pública deben expresar sus pensamientos sobre cualquier asunto que suceda en el planeta. Sí, alguien debería explicar por qué el presidente de una autonomía, por ejemplo, debe mostrar públicamente su dolor por un atentado terrorista perpetrado a miles de kilómetros, en otro continente. No quiero decir que esté mal, todo lo contrario, pero sí que debería hacernos reflexionar acerca de esa epidemia de las tan temidas reacciones. Evidentemente, en este mundo del buenismo, el político X no va a alegrarse públicamente, pero deberíamos pensar qué valor tiene su pronunciamiento, informativamente hablando. Está bien o parece lógico que un alcalde opine sobre una situación que ocurre en el municipio de al lado y puede afectarle directa o indirectamente, también acerca de las decisiones que toma el presidente autonómico o el del Estado. El razonamiento viene a ser el mismo, pero qué interés puede tener que un presidente cabildicio valore los resultados de las elecciones en Estados Unidos. Supongo que muchas veces opinan porque no les queda más remedio, les ponen una alcachofa en la boca y les preguntan con las cámaras emitiendo en directo; pero, insisto, qué interés para el ciudadano puede tener su valoración, rellenar espacio en una página en blanco o segundos televisivos. Quizá otro elemento para el debate sería que, al mismo tiempo que se da el fenómeno de la epidemia de las reacciones a los políticos, hay un preocupante vacío de otros agentes de la vida pública. Vemos con preocupación que a los sindicatos, organizaciones de representación de la clase obrera, sólo se les llama para medio minuto el día de los datos del paro. Nada de plantearles un debate en profundidad sobre el modelo económico, en el que tanto tienen que decir o deberían tenerlo, o por el futuro del sistema de pensiones. No sucede lo mismo con las patronales. Tampoco sabemos nada de catedráticos o expertos en sus materias. Las universidades suelen ser auténticos páramos, nadie allí parece tener nada interesante que decir de lo que nos sucede. Da igual que alguien se haya dedicado toda su vida a la investigación de los movimientos migratorios, se le pregunta al concejal de Jardines por las embarcaciones de refugiados que cruzan el Mediterráneo y al consejero de Desarrollo por el terrorismo. Siguiendo esta estela de despropósitos que nadie pregunte a un artista por su particular visión acerca del mundo. Que los actores no digan en los Goya cómo les va la vida, que no lo digan porque eso no va con ellos. Que se callen, que están más guapos, que solo posen con esos modelitos hechos a medida de una gran multinacional. Y por último están los periodistas, los mismos que informan de huelgas, de conflictos laborales y de precariedad en todos los sectores, menos en el de los medios de comunicación. Unos han olvidado eso de informar para centrarse «in extremis» en contar lo que les parece y cómo les parece, en opinar, que no es lo mismo que analizar. Un «periodista a sueldo» puede disertar de lo divino y de lo humano –igual que los políticos-, puede estar a favor de unos y en contra de otros, saber tanto de extracciones petrolíferas como del viaje de unos vecinos a un programa de un canal de televisión nacional; sabe de todo. Pero esto también lo puede hacer uno que no cobre, que de todo hay en esta vida. Y si no, al tiempo. Quizá también estén afectados por la fiebre de las reacciones.

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Me gusta el fútbol

En otro tiempo, no tan próximo como tal vez desearía, me gustaba el fútbol. Era lo que tocaba. Pero me gustaba de una forma singular, quizá hasta extraña. Me gustaba que ganaran los míos, que para eso eran los míos. Daba igual que el equipo contrario tocase mejor el balón, fuera más ofensivo o, perdonen la candidez, hubiese merecido ganar por lo demostrado en el terreno de juego. Si ganaban los míos, sabía que al día siguiente no habría burlas a mi costa porque sería yo quien tendría «la sartén por el mango» en esas lides. Los míos eran los mejores, por eso me gustaba el fútbol. Con el paso del tiempo esas preferencias se fueron diluyendo como al azúcar en el café amargo. Y ahora, desde una incómoda distancia, me sorprende que aquella actitud persista entre los adultos que me rodean y se extienda «como las manchas de aceite», sin que nadie ponga remedio, a otros campos de juego. Algunos lo llevan todo a su terreno, dan igual los datos, las verdades, da igual todo porque las cosas están bien hechas si las hacen los suyos. Evidentemente no son herederos de aquellas madres de los ochenta del siglo XX que anteponían el coscorrón a cualquier explicación o excusa, que preferían cortar por lo sano para que nadie las dejase en la vergüenza de admitir que no eras como te habían criado. Ahora ya poco importa, da igual que el presidente del gobierno mienta o que sus acólitos censuren lo que hace la oposición y apenas dos meses después se justifiquen haciendo ellos lo mismo. Y los otros callan porque están a lo suyo, que evidentemente no es lo nuestro; es lo suyo, jugar al ajedrez para que sus piezas encajen en un ya maltrecho tablero. Parece que no les importa el resto y ya se sabe que «a río revuelto ganancia de estafadores». Tanto es así que ahí está la legislación vigente, que siempre beneficia a los mismos, los mismos que tienen nombre y apellidos, aunque pocos se atrevan a nombrarlos en voz alta. Y en este clima calimoso estamos los periodistas capaces de retorcer las palabras para que todo parezca mejor, menos grave o para contar las derrotas, las penas y las muertes como si no fueran con nosotros, como si nosotros viviésemos en islas lejanas. Contamos el drama del paro o la pobreza energética justo antes de hacer lo propio con una sonrisa en los labios con ese vídeo «tan mono» que se ha vuelto viral donde un perro de Oklahoma hace una auténtica monada. Todo en el mismo saco. Y vuelvo al fútbol, ese deporte que se ha reducido a dos equipos, solo dos, y miro apenado a los «hooligan», sufridores de a pie, a los que les toca defender lo indefendible, ya que sus principios no pasan por ningún valor supremo sino que cambian de dirección como el viento, limitados a los posesivos: los míos, los tuyos, los suyos…

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Apagón

A pesar de los reiterados cortes de luz, en la tertulia del programa «Un día +» de El Día Televisión del pasado 30 de junio nos dio tiempo de hablar y de analizar aspectos relacionados con la política -el nuevo panorama del PP en las Islas-, el intrusismo laboral en la sanidad y el nuevo marco de las asociaciones de vecinos. Un espacio tan completo como entretenido.

Tertulia.

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En campaña

De lleno en campaña. Hasta el próximo 26 de junio los españoles tienen de tiempo para escoger a sus representantes públicos y quienes les gobernarán los próximos años. El pasado 9 de junio analizamos en la tertulia del programa «Un día +» de El Día Televisión el inicio de la campaña electoral y los primeros mensajes de los partidos políticos.

Tertulia.

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Asómate a la ventana

¿Hemos salido ya de la crisis? Para responder basta con asomarse a la ventana. En Canarias, la tasa de riesgo de pobreza es del 27,6% y hay más de 102.000 hogares con todos sus miembros en paro. La tasa paro juvenil es del 48,8% y del 27,79% para los mayores de 55 años. El 51,2% de los desempleados casi 125.000 ciudadanos no tienen prestación o subsidio. Sobre estas cuestiones y también acerca de las próximas elecciones generales de junio y de la confluencia Podemos-Izquierda Unida hablamos en la tertulia del programa «Un día +» de El Día Televisión.

Tertulia.

El programa fue emitido el pasado 5 de mayo de 2016.

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Construyendo Canarias

Los últimos días da la impresión de que se ha vuelto a «recrudecer» el denominado pleito insular. Ese extraño fenómeno que no termina de superarse en el Archipiélago y que más que luchar por la equidad entre los ciudadanos de a pie, solo persigue consolidar la hegemonía económica, política e institucional «de unos patrones sobre otros patrones».

Utilizado por todas las ideologías y en todas las épocas, el pleito ha sido y es un difícil escollo a superar también por el nacionalismo de las islas. En teoría, la lucha se libra entre quienes piensan que Canarias es una suma de islas y quienes mantienen que la nación debe imperar. Unos creen que la autonomía se debe construir desde la isla (de abajo hacia arriba) y otros defienden que debe hacerse a la inversa (la canariedad se irradia desde arriba hacia abajo). Esto se mezcla con el papel que deben jugar los cabildos y con el que juegan los partidos de ámbito estatal; y se tropieza con los personalismos de quienes cuando se sientan en una silla promueven una cosa y cuando ocupan otra, sin rubor alguno, patrocinan la contraria.

Parece que en este nuevo episodio, como en tantos otros, si uno profundiza algo, no demasiado, se da de bruces con la realidad, que es muy diferente a cómo es sentida o percibida por la sociedad. Todo ello amparado en el desconocimiento, porque en esto de la vida, en ocasiones, las apariencias engañan. Aquí todos se aprovechan de la ignorancia: Si logro que los de aquí no sepan cómo están los de allí y viceversa, siempre saldré ganando. Todo esto del pleito, que al final no es otra cosa que una elemental pelea por «las perras», está adornado por una serie de planteamientos cuasi teóricos que le dan apariencia de certeza científica. Las clases adineradas se han cosido un traje a la medida para justificar la consecución de sus intereses.

Como si de un eslogan de campaña se tratara, todos defienden Canarias. Los políticos de todas las ideologías y corrientes se adueñan de la identidad de los pueblos y ahí es cuando llegan los despropósitos. Se excluye al que piensa distinto y se le tacha de «traidor». Si no estás conmigo, estás contra Canarias. Han sabido jugar muy bien su papel de defensores de la patria. Unos lo han hecho de manera algo burda y otros de forma más sibilina, pero el objetivo se ha conseguido: Mientras estamos enfrascados en que al vecino le han dado más que a nosotros, sus negocios –los de ellos- pasan inadvertidos. Nadie enseña las cuentas y así, con cuentos, la discusión se eterniza hasta el infinito.

Lo que no se nos puede escapar es que está bien defender los intereses de Canarias, o de cualquier isla, pero siempre sin olvidar que los 2.098.649 de personas que residen en las Islas tienen necesidades y pensamientos muy diferentes unos de otros. Nadie tiene capacidad suficiente para hacerse valedor único del concepto «canarias»; y por cierto, ahí siguen las tasas de pobreza y de desempleo próximas al 30 por ciento. También los datos de fracaso escolar y el estado de la sanidad pública, las listas de espera, la atención a los dependientes, el escaso desarrollo industrial o de implantación de energías renovables…

Este artículo ha sido publicado en El Blogoferoz.

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Votos rogados

En ocasiones es complicado casar ideas, que aunque lo lógico sería que fueran en la misma dirección, parecen como esas líneas paralelas que, a pesar de todo, nunca llegan a cruzarse. Y es que en esto de las elecciones hay cosas que cuesta comprender. Veremos cómo va la cosa las generales, que al final se celebrarán el próximo 20 de diciembre.

La cuestión es que parece que aunque la Constitución diga en su artículo 42 aquello de que «el Estado velará especialmente por la salvaguardia de los derechos económicos y sociales de los trabajadores españoles en el extranjero y orientará su política hacia su retorno», ese mismo Estado -en la vida real- poco hace por defender los derechos «políticos» de los españoles «en el exterior». Son continuas las quejas por no poder ejercer su derecho al voto.

Mucho ha cambiado la cosa desde la reforma de la ley electoral de 2011. Antes algunos no se quitaban de la boca, ni del pensamiento, su interés por las preocupaciones de los canarios en Venezuela o Cuba. Los viajes «de ida y vuelta» eran una constante, pero la reforma impidió que continuaran votando en las municipales; y ahora quién sabe cómo les va…

Poco se oyó hablar de ellos el pasado mes de mayo cuando 134.801 residentes canarios vivían fuera del país y no ejercían el voto en las locales, aunque sí en las autonómicas. Quizá el próximo diciembre se les oiga algo más. Tan solo del mes de mayo a agosto, su número ha aumentado en 1.543, según los datos del Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA), lo que viene a ser casi como toda la población que vive en Garafía, en La Palma. Se ha pasado de 134.801 a 136.344 personas.

En el CERA hay inscritos más de 1.864.000 personas, que a pesar de la desidia de algunos se siguen quejando de que no pueden votar en igualdad de condiciones que el resto. Su pasaporte dice que son españoles, pero la realidad es bien distinta. No casan sus derechos con la realidad y de eso mucho sabe la autodenominada «marea granate».

Llegados a este punto habría que preguntarse por lo que dicen los estudios sociológicos encargados por los partidos mayoritarios acerca del color de ese voto granate. ¿Cabría alguna posibilidad por pequeña que fuera de que si les fuesen favorables, aprobarían un sistema que fuese bueno? Preguntas al aire, que nadie responde…

La propia Junta Electoral ha reconocido que existen «problemas» para ejercer el voto «rogado» desde el exterior, pero a nadie parece importarle. Bastantes problemas tenemos ya, deben pensar muchos, para ponernos a arreglar los inconvenientes por los que atraviesan los que ya no están. Y ojos que no ven,… Pues eso, que una vez más, quizá cuando nos toque a nosotros, sea demasiado tarde.

Este artículo ha sido publicado en El Blogoferoz.

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